En el estrecho pupitre en el que me encontraba, el silencio del medio del examen turbó mi concentración. Cansado y confuso, dirigí mi mirada hacia el amplio ventanal que cubría la pared.
Las vistas estaban tapadas principalmente por los edificios, pero si mirabas fijamente, podías encontrar detalles tan sutiles como una pincelada decisiva en un cuadro.
La mezcla de los rayos de sol, con la suciedad creaba un bonito dibujo de sombras en el suelo, y quizás me inspirase en el para mi siguiente obra.
Los rayos de luz incidían sobre las motas de polvo, haciendolas brillar como estrellas en el firmamento, jugueteando en el aire como una familia de gorriones.
Esas cosas son las que me hacen disfrutar de la vida, y sentirme reconfortado mientras me fijo en el ondear de las hojas del roble que hay frente a la ventana trasera.
Y para terminar de delitar todos mis sentidos, ella se incorporó y entregó su exámen mientras su cabello brillaba y bailaba en el aire. Cuando se volvió, fijó su mirada en mí, y me deleitó con una sonrisa cariñosa.
Entonces comprendí que a lo mejor, la naturaleza habia dado todo de sí en crear una criatura perfecta. La volví a mirar, y medio embobado, volví al exámen.
¡Magnífico, Sergio!
ResponderEliminarQué bien se reconocen las sensaciones que describes... Pequeñas, cotidianas y, al mismo tiempo... ¡extraordinarias!