martes, 20 de noviembre de 2012

El lugebre cementerio


Encontrábame yo paseando en la posada de los muertos. Una densa niebla cubría mis pies y parte de las olvidadas lápidas. Mis pensamientos me atormentaban. No podía evitar pensar en que los cuerpos de esos pobres hombres se iban deshaciendo al igual que su historia, olvidada por toda la eternidad.
La noche era fría y despejada, y el cielo despejado conseguía un juego de claroscuros tenebroso, que conseguía dar una forma tétrica a todo lo que abarcaba.
Seguí caminando triste, apesadumbrado, serenamente nervioso… Hasta que llegué a “su” tumba. Era nueva, pero el musgo empezaba apoderarse de su superficie. Me senté junto al árbol que plantaron en su honor. El pino estaba recién plantado, pero me parecía que hacia siglos que lo sembraron. Los recuerdos me abarcaron, y sollocé. No me acuerdo durante cuanto tiempo, quizás horas... Hasta que una figura me distrajo de mis pensamientos. Una sombra difuminada se acercó lentamente hacia mí, prometiendo lo que mas deseaba. A la criatura de mis sueños... Seguí sentado, amarrado al árbol que era como un amarre hacia la vida… Y le dije que se fuese. Al principio parecía una súplica, pero estoy seguro de que acabé gritándole. Y la sombra empezó a vociferar y con un arrebato de ira, arremetió contra mí. Justo conseguí moverme a tiempo para terminar de esquivarlo mientras él atravesaba el delgado tronco del árbol. Y mientras me recuperaba, pude contemplar la caída de la primera hoja del árbol muerto que tenía ante mí. 

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