Encontrábame yo paseando en la posada de los muertos. Una
densa niebla cubría mis pies y parte de las olvidadas lápidas. Mis pensamientos
me atormentaban. No podía evitar pensar en que los cuerpos de esos pobres
hombres se iban deshaciendo al igual que su historia, olvidada por toda la
eternidad.
La noche era fría y despejada, y el cielo despejado conseguía
un juego de claroscuros tenebroso, que conseguía dar una forma tétrica a todo
lo que abarcaba.
Seguí caminando triste, apesadumbrado, serenamente nervioso…
Hasta que llegué a “su” tumba. Era nueva, pero el musgo empezaba apoderarse de
su superficie. Me senté junto al árbol que plantaron en su honor. El pino
estaba recién plantado, pero me parecía que hacia siglos que lo sembraron. Los
recuerdos me abarcaron, y sollocé. No me acuerdo durante cuanto tiempo, quizás
horas... Hasta que una figura me distrajo de mis pensamientos. Una sombra
difuminada se acercó lentamente hacia mí, prometiendo lo que mas deseaba. A la
criatura de mis sueños... Seguí sentado, amarrado al árbol que era como un
amarre hacia la vida… Y le dije que se fuese. Al principio parecía una súplica,
pero estoy seguro de que acabé gritándole. Y la sombra empezó a vociferar y con
un arrebato de ira, arremetió contra mí. Justo conseguí moverme a tiempo para terminar
de esquivarlo mientras él atravesaba el delgado tronco del árbol. Y mientras me
recuperaba, pude contemplar la caída de la primera hoja del árbol muerto que
tenía ante mí.
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